miércoles, 7 de febrero de 2007

"Por primera vez, siento que mi vida esta en orden"


Una íntima Karina Rabolini en la Isla de Caras

Al caer la tarde, empezo a escucharse en la playa el acompasado sonido de tambores y cantos. Descalza y vestida de blanco, la mãe dio comienzo al rito con el saludo inicial: “¡Odoia Iabalu!”. Como regalo a Iemanjá, diosa del candomblé que representa la maternidad suprema, tiró flores blancas al mar y entregó otras a la mujer que tenía a su lado, para que la imitara. A pocos metros de allí un grupo de jóvenes acompañaba la ceremonia con movimientos de capoeira. La mujer rubia se agachó, entregó las flores que abrazaba al agua y se quedó mirando durante un rato el devenir de su ofrenda. La mãe sonrió y redobló el tono de sus invocaciones. Karina Rabolini (39) continuó observando el mar, seria y callada.
Más tarde, cuando ya es noche en la Isla de CARAS, admite: “Le pedí un deseo a Iemanjá, es algo relacionado con el amor. Ojalá me lo cumpla”. Recostada en una de las reposeras del deck, la empresaria y esposa del vicepresidente argentino Daniel Scioli (50) no parece dispuesta a aclarar mucho más de lo ya enunciado. Enseguida apresura un comentario: “Este lugar es maravilloso; encima, te malcrían y te dan todos los gustos. Vinimos con dos de mis cuatro socios —Ramiro San Pedro (34) y Diego Padilla (37— para planificar este año y algunas cosas de 2008. La idea era poder intercambiar ideas sin la interrupción de teléfonos o la obligación de chequear los e-mails. Y lo hicimos al sol, con una caipiroshka en la mano. El resto del tiempo nos dedicamos a relajarnos y pasarla bien. Nos divertimos horrores”. Karina se abraza las piernas mientras habla, tamborillea los dedos sobre sus rodillas. Son manos inquietas. “Dejé de fumar hace unos días; lo hago a cada rato, pero espero que ésta sea la última vez. Fumaba seis cigarrillos por día y la otra vez asistí a un casamiento y fumé diez. Me di cuenta de que ya no lo controlaba y podía volver a lo de antes. Hay gente que deja de fumar de un día para el otro, pero a mí eso me desespera; entonces, me propuse ir bajando de a poco. Aunque estoy un poquito alterada, me siento mejor que otras veces por esa reducción del consumo. Cuando necesito descargar, me coloco las zapatillas y me transformo en Forrest Gump”, explica.
—¿Es su manera favorita para canalizar el mal humor y la irritación?
—No; en realidad, tengo distintos estados. Si me pongo a tocar el piano es porque estoy un poquito nerviosa; seguramente, hay algo que debo solucionar y no encuentro el desenlace, por más vueltas y vueltas que le dé. Cuando era chica mamá me envió a estudiar piano, yo lo odiaba, pero algo de eso me quedó. Toco siempre lo mismo: “Claro de Luna” y algo de “La Cumparsita”. Cuando Daniel me ve al piano sabe que hay problemas. Si la cosa está un poquito más complicada, se me da por pintar. Pero la verdad es que ahora dejé descansar por un rato los acordes y los pinceles.
—¿Las cosas están más en orden?
—No. Ahora me dedico al dorado a la hoja. Empecé de casualidad, cuando llegaron a casa dos sillas francesas, que eran de mis suegros, y en varias partes se había saltado el dorado. Pregunté a una amiga cómo podía arreglarlas y, como se trata de una técnica sencilla, lo hice yo misma. Ahí arranqué. Con el estrés de fin de año esto se intensificó y hasta llegué a mirar el piano con cariño...
—¿Qué es lo que tanto la afecta?
—Necesito cada vez más simplificar mi vida, porque estoy muy cansada. Durante la semana trabajo y, cuando termino, generalmente tengo algún compromiso. La agenda de Daniel es agotadora. No tengo tiempo ni para mis disfrutes. El año pasado me enganché con “Sos mi vida”, pero como a la hora que la trasmitían siempre tenía algún evento, miraba el capítulo grabado cuando volvía a casa. Nunca tengo los dos días del fin de semana libre, siempre uno está ocupado por compromisos. A casa llegan miles y miles de papeles; yo espero que Daniel los seleccione, pero cuando las pilas ya están por ahogarnos, me instalo dos días seguidos para acomodarlos. Los marco en la agenda, esos dos días no voy a trabajar, los dedico a ordenar la casa. En vacaciones, cada tres días tengo que hacer valijas. Pasamos el Año Nuevo en Cariló, estuvimos en Buenos Aires el 2 y el 3, el 4 viajé a Punta del Este para presentar mi línea de anteojos y, al día siguiente, bajé de un avión y subí a otro para ir a Mar del Plata, donde estuve el 5 y el 6. El 7 me fui a Tandil, el 10 volvimos a Mar del Plata, y de ahí hicimos un punto diferente de la costa atlántica cada día. Si me ven hecha un desastre, entiéndanlo. Llega un momento en que tirás cualquier cosa dentro de la valija y tratás de volverte lo más práctica posible y llevar sólo lo indispensable. Daniel, en cambio, se lleva todo, y yo odio que haga esas valijas enormes.
—¿Es el único punto de diferencia en la pareja?
—No. Somos completamente distintos, no tenemos gustos en común. El detesta la arena con la misma intensidad con que yo la adoro. Como Daniel baila muy mal, y yo bien, nunca lo hacemos juntos. Me encantaría ir de viaje y estar dos semanas en el mismo lugar, pero Daniel no soporta estar más de dos días seguidos. Yo amo las películas y él jamás vio una entera en su vida; no llega ni a los títulos del inicio, se duerme antes. Miro las películas mientras él duerme la siesta. Lo mismo sucede con los restaurantes; él prioriza la comida y yo, la ambientación. Entonces, siempre vamos a uno de sus favoritos. Entre sus preferencias, hay de todo y algunos no son tan lindos; pero si lo llevo a uno donde la comida no lo convence, empieza: “¿Vamos...?”. Termina estresándome. ¿La verdad?, no sé cómo hemos llegado hasta acá.
—Seguramente, alguno debió ceder...
—Es que después de veinte años de estar juntos, ya no discutís por lo mismo. Aunque esté convencida de que algunas cosas deberían cambiar, si no pude lograrlo en este tiempo... No tiene sentido que trate de convencerlo que determinado restaurante es agradable, si a él no le gusta. Para mí no es drama si me llevan a uno que no es de mis favoritos. El es simple para la comida, pero exige que esté bien hecha. Es muy arraigado a sus gustos. Desayuna y toma el té con pasta frola, se la lleva en un tupper al despacho o dondequiera que vaya. Si vamos a lo de un amigo, nos tiene preparada la pasta frola. Todos los días toma sopa, tanto en invierno como en verano. Daniel es muy deportista, corre todas las mañanas, y se ve que le quedó de chico la creencia de que la sopa da fuerzas. No tengo la menor idea de por qué la toma, nunca se lo pregunté. Y si lo hiciera, seguro que me respondería: “Porque me gusta”.
—¿Nunca le reclamó que él no se haya adaptado a algo de lo que a usted le gusta?
—No tenemos ese tipo de conflictos. Pensá que yo empecé a salir con él cuando tenía 18 años, me fui haciendo a su imagen y semejanza. No podría decir cuánto en mí tengo de propio y cuánto, aprendido. Daniel es muy activo, mientras yo soy tranquila; me cuesta mucho arrancar y debo hacer un esfuerzo para movilizarme o acompañarlo. También aprendí mucho de su metodología de trabajo. Ya no sé qué venía en mí y qué fue mimetizándose. Yo me adapté más a su vida que él a la mía. Fui educada de esa manera, mi mentalidad fue diseñada para acompañar al marido. Aunque hoy en día le doy tanta importancia a mi trabajo como a mi responsabilidad desde el punto de vista oficial, como esposa del vicepresidente.
—¿Se considera una mujer exitosa?
—No. Pero sí me considero una mujer con suerte. La vida me fue presentando oportunidades y me crucé en el camino con gente buena, que me ayudó muchísimo. Hoy formo parte de un excelente equipo de trabajo, que no conocía de antes. Nos ha ido muy bien y progresamos; exportamos a Ecuador, Perú, Paraguay, Uruguay y Bolivia. Además de los productos de belleza y la línea sunglasses, en marzo sacamos la colección de anteojos de lectura. Pero no podría adjudicarme el éxito, creo que se debe a ese team que integro.
—La vida le dio segundas oportunidades en lo sentimental y lo laboral...
—Es verdad, no lo había pensado. Después de haberme ido mal en mi anterior intento como empresaria y de los cuatro años de separación con Daniel, acá estamos... Siempre dicen que las segundas partes no son buenas, pero menos mal que a mí me tocaron porque son mejores que las anteriores. Mirando hacia atrás, parecería que se me hubieran presentado fácilmente; pero en su momento, antes que llegaran, estaba muy angustiada, tenía mucha frustración y muchos sentimientos terriblemente negativos.
—¿Qué aspectos de la relación modificaron cuando volvieron a estar juntos ?
—Creo que aprendimos a valorar lo que teníamos. Nos dimos cuenta de que no es tan normal lograr una relación como la que nosotros teníamos; algo así no se consigue con cualquiera. Hoy somos más independientes en lo individual, pero también nos apoyamos más mutuamente. La tranquilidad de saber que en casa las cosas están en orden me permite dedicar toda mi fuerza al trabajo. Cuando una está segura de su pareja aprovecha el tiempo en sus cosas, en vez de perderlo pensando qué estará haciendo el otro.
—Suena más práctico que sentimental...
—No, hay mucho amor. Daniel fue, es y será el hombre de mi vida. Y esto lo supe desde el primer momento. Necesitamos cuatro años de distancia para descubrir que seguíamos enamorados. Le agradezco cada uno de los minutos que compartimos. Es un placer vivir con él. Yo me despierto un promedio de 14 veces por noche e, inevitablemente, lo despierto a él. No sé por qué lo hago, a veces es inconsciente —por mis movimientos—, pero la mayoría es voluntariamente. Lo zamarreo y le digo: “Tengo frío” o cualquier cosa que se me cruce por la cabeza. El nunca protesta, es un amor. Yo le critico todo: los discursos, que mezcle 15 colores cuando se viste de sport... El me escucha y se ríe. Siempre está de buen humor, es una persona positiva y transparente. No es retorcido ni complicado; si se equivoca, no tiene problemas en admitirlo y disculparse. Para cualquier hombre es muy difícil volver con su ex mujer si, durante la separación, ella tuvo otra pareja. Pero él es muy seguro de sí mismo y no tiene problemas de orgullo. En cambio, yo soy insegura por naturaleza, mientras que él es muy sólido; entonces, se convirtió en mi gran motor, incentivándome para enfrentar cada desafío y también se ocupó de cubrir todos mis temores.
—¿Qué le da temor?
—Todo. Excepto en los deportes, soy terriblemente temerosa y cauta. El “no” es siempre mi primera respuesta. Me da miedo arriesgar, por temor al fracaso. Cada emprendimiento nuevo también me da miedo. La otra vez charlaba con Ralph Lauren y él me decía que antes de presentar cada colección se ponía mal, pensaba que le faltaba algo, que no estaba del todo terminada. Sin ser él, a mí me ocurre lo mismo. La mayoría de las veces pienso que algo no está del todo listo, que podría mejorarse.
—¿Qué podría llegar a mejorar su vida?
—No sé. Estoy viviendo un buen momento. Por primera vez, siento que mi vida está en orden. Tengo muchos proyectos y valoro esto, porque no siempre fue así.
—¿Cuál es su mayor ilusión?
—Puede ser que te diga que tener un hijo.
—No es muy clara la respuesta...
—Es que frente a esa pregunta pensé: “Otra vez voy a tener que contar por qué no quedo embarazada y qué estoy haciendo al respecto”. Pero la verdad es que mi mayor ilusión es tener un hijo. Todavía no tuve buenas noticias. La vez pasada me operaron, y aún sigo igual. Me falta otra parte del tratamiento. Es raro. Vamos a ver...

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